El espíritu en escena

Por Camilo Zaffora

 

Laboratorio Escuela 2010. Foto: Jorge Gareis

En mis dos años en el Laboratorio, experimentando la metodología y siendo testigo de cómo mis compañeros la experimentaban, cada día me asaltaba la certeza de estar participando de algo nuevo y revolucionario. En esa luminosa sala de Torres i Amat, escondida en el centro de Barcelona, estaba ocurriendo algo decisivo para la historia del teatro. Una certeza nacida desde el fondo de mi ser, que no se apoyaba en mi experiencia –he leído y visto muchas obras, pero no tantas como para considerarme una autoridad en la materia-. Examino esta sensación y detecto algo de ego allí: esa aspiración secreta de ser uno de los que “estuvo ahí”, de participar en un momento histórico, de ser  uno de los discípulos de la nueva Stanislavski, un estudiante de la maestra llegada para iluminar el futuro de las artes escénicas y fantasías similares. Alcanzo a ver esta necesidad egóica mía y la desestimo como innecesaria. Pero la sensación de que aquí hay algo “nuevo” no me abandona.

Entonces: ¿Dónde está lo nuevo del teatro del Laboratorio? Buceando en la abundante bibliografía sobre teoría y pedagogía teatral, encuentro conceptos similares a lo que he escuchado en boca de Jessica durante mi aprendizaje. Sin duda, las investigaciones de nuestros maestros del pasado por encontrar lo “vivo” del teatro los ha hecho alcanzar conclusiones parecidas, que cada uno enunció a su manera y según su propio background. Desde el punto de vista estrictamente teatral, Jessica Walker no es diferente a muchos buenos maestros del pasado y el presente, que desarrollan una síntesis personal de lo que han ido absorbiendo a lo largo de su vida artística (en el caso de Jessica, aparece el mimo corporal dramático, la danza teatro y el butoh, entre otras disciplinas). Lo realmente nuevo del Laboratorio es que es un enfoque que incluye a Dios.

El siglo XX fue el más prolífico en cuanto al desarrollo y documentación de la teoría teatral. Pero en los últimos cien años –el período más secular de la historia humana- los grandes maestros evitaron hablar de Dios a la hora de hablar de teatro. Más bien todo lo contrario: el teatro buscó legitimarse a través de la ciencia. Buscó llegar a la verdad del actor tomando elementos del método científico. Términos como investigación, laboratorio y experimento se volvieron de uso común en la tentativa de capturar esa magia volátil e inesperada que sucede en el escenario de tanto en tanto, y repetirla con éxito. En ese contexto, hablar de Dios era una vía segura para desprestigiar una propuesta. Términos como “actor santo” y “teatro sagrado” se utilizaron con cuidado y más como metáfora que como alusión directa.

El teatro de Jessica Walker no esconde esta pretensión. La práctica del laboratorio busca lo sagrado del teatro, en un sentido que incluye a Dios.

EL SER HUMANO ACTOR

El trabajo dentro del Laboratorio parte de una concepción que no separa al actor del ser humano. El desarrollo de lo actoral va de la mano al crecimiento personal. El ciclo básico del Laboratorio dura dos años, y lo que allí se hace es tanto teatro como terapia. No están separados: es sanación a través del teatro. A pesar de que el proceso personal del alumno es central, lo teatral –sobre todo en segundo año- se aborda con una rigurosidad “profesional”. El punto de partida del proceso creativo es uno mismo. Los alumnos desnudan sus heridas en el escenario, pero el resultado de su trabajo está muy lejos del exhibicionismo y la autocomplacencia. Con este material, el Laboratorio logra teatro poético, sincero y bello, a través de un trabajo riguroso y disciplinado.

El énfasis en la sanación no es casual, ya que una de las claves del Laboratorio es “a mayor esencia, mayor presencia”. Es decir, mientras más pleno y abierto el ser humano, mejor actor. Mientras menos temeroso, más predispuesto a entregarse al acto teatral. Por el contrario, mientras más egóico, mas fácil para él esconderse detrás de su “talento” y sus herramientas (la gestualidad, el dominio del timing, una voz entrenada, el histrionismo, la energía, la plasticidad corporal). A un actor que se esconde detrás de lo que “hace bien” es muy fácil admirarlo pero muy difícil amarlo. Por el contrario, es inevitable enamorarse de un actor que deja ver su esencia porque es inevitable enamorarse de una persona que deja ver su esencia. La esencia enamora, porque es de Dios. Es la chispa de lo sagrado (la “verdad” de la que hablaba Staniskavski?). Amamos la verdad porque nos libera. Amamos la verdad porque es lo que somos.

CONFIANZA Y PACIENCIA

Avanzar hacia el teatro sagrado implica conducir (dirigir) un proceso creativo con atributos más propios de un maestro espiritual que del tradicional director de escena. Paciencia infinita y confianza incondicional. Jessica Walker jamás apura el proceso de ningún actor. El estudiante trabaja (busca) en el escenario bajo la atención sin fisuras de la directora, que espera hasta que surge algo vivo. Esta espera puede ser de un minuto o meses, según cada alumno. Pero no hace diferencia. La directora no deja que su miedo al tomatazo obstaculice el proceso natural del estudiante. Su confianza en él no depende de su mayor o menor “talento”. Una confianza que se sostiene aunque el bloqueo del estudiante le impida dar de sí, incluso si este bloqueo se resiste a ceder semana tras semana. Dicho en palabras de Jessica: “Confío en ti, aunque no sepa porque”. No hay diferencia esencial entre el más tímido y el más confiado de los estudiantes, entre el más histriónico y el más torpe. La magia está al alcance de ambos por igual.

Y la magia ocurre. Gracias a esa paciencia y confianza sin concesiones, el alumno por el que nadie apuesta florece de golpe, de un minuto para el otro. Su trabajo pasa de la nada a estar vivo, intenso y verdadero en un abrir y cerrar de ojos. No hay progresión, hay milagro.

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Actor-Creador del LaboratorioEscuela de Expresión Corporal Dramática.
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One Response to El espíritu en escena

  1. la maga says:

    Qué linda experiencia Camilo! supongo que aunque lejos los caminos la escencia sigue siendo la misma…a mí me está pasando algo parecido en este aprendizaje de que lo que uno es, lo es como un todo. no existen cosas separadas, cualquier cosa que uno haga refleja esa escencia; aprender a tenerla en cuenta e interactuar con ella, a saber que está ahí con nosotros es maravilloso.Un saludo muy grande.Sol

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