Reflexiones de un desencuentro teatral (parte 2)

Por Camilo Zaffora

El miedo del actor tiene mil máscaras. Todas ellas lo alejan de lo sagrado. Todas le cierran la experiencia de un teatro gozoso.

Una de las máscaras más comunes del miedo del actor es el esfuerzo. Esto nace de un espacio muy humano: Todos queremos hacerlo bien, todos queremos complacer al director, todos queremos que nos quieran. Cuando estamos creando en una improvisación, buscando una escena, es natural estar perdidos por momentos. En forma inconsciente, esta necesidad de “encontrar algo” cuando las cosas no salen como queremos  nos lleva a esforzarnos. Mover un exceso de energía para que algo ocurra.

El esfuerzo es parte del proceso de búsqueda del actor. El problema es cuando se instala, y la actuación se efectúa desde este lugar. Ahí aparece el actor esforzado, que invierte mucha energía, actúa tenso, grita, aprieta los dientes y termina la función hecho polvo, muchas veces ovacionado por el público.

Muy frecuentemente, a esa actuación histérica –alejada de lo orgánico- se la interpreta como teatro vivo. Se confunde a esa energía con emoción. La mayor parte del público y muchos directores no notan la diferencia entre una explosión o catarsis orgánica y un despliegue de energía efectuado desde el esfuerzo. El actor tampoco suele ser consciente de que este esfuerzo es miedo disfrazado. Un miedo que lo impulsa a salir al escenario a “demostrar que vale”. A “ganarse” al público. A “matar o morir”. En este contexto de lucha, la entrega es imposible. Como en el amor, la entrega verdadera sólo es posible con confianza. Un salto al vació de verdad, un acto de fe. Una actitud de guerrero: estar dispuesto a darse aunque no reciba nada a cambio.

En algún lugar, leí la expresión “acción consagrada”. Esta ocurre cuando la persona pone todo su ser en el acto que está llevando a cabo y se desentiende de su resultado. Así como sólo la paciencia infinita produce efectos inmediatos, sólo la acción consagrada genera un resultado impecable.


Solo de Nataly Cabanas “Oh Mia María Callas” (2010) – Dirección: Jessica Walker

Busca en paz

Cuando con mis compañeros del Laboratorio atravesábamos nuestro proceso de Solo Laboratorio, tenía una compañera brasileña que por temas personales empezó a ensayar un mes más tarde que el resto de nosotros. Su primer pase en el escenario ocurrió cuando los demás ya teníamos el trabajo avanzado. Nataly, así se llama, salió a improvisar con su vestuario de Carmen Miranda, sus elementos y sus ideas. A los diez minutos, ella alcanzó ese lugar en el que ya has hecho todo lo que te habías preparado en tu casa, terminaste tu “escena” y Jessica te deja en el escenario. La experiencia del vacío, donde el trabajo empieza de verdad. Como a muchos, le sobrevino el bloqueo. Jessica la animó: “busca, busca…”. Ella lo intentó, pero no podía trabajar con fluidez. Se agarraba la cabeza como si tuviera migraña, y uno casi podía escuchar la mente de Nataly gritándole “No, no, no, no puedes, no te está saliendo, no funciona, no está funcionando”. Ahí fue cuando Jessica le dijo: “Busca en paz”. Fue como si le sacaran una tonelada de los hombros. Nataly empezó a jugar, con confianza, con atrevimiento. Empezó a ser tomada por el gozo y el baile. Continuó su búsqueda del Solo, con el mismo tema que había preparado. Pero su presencia y su espontaneidad llenaron el escenario y nos atraparon a todos los que mirábamos. Sin juicio, sin lucha, sin esfuerzo. Busca en paz.

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Actor-Creador del LaboratorioEscuela de Expresión Corporal Dramática.
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